En varios proyectos del STDF se ensayaron innovaciones basadas en bioplaguicidas para reducir los residuos de plaguicidas y facilitar el comercio seguro
Los plaguicidas son un punto crítico de las conversaciones mundiales sobre la producción de alimentos, la protección de la salud y la circulación de mercancías a través de las fronteras. Los agricultores de todo el mundo los utilizan para proteger los cultivos de las plagas y aumentar el rendimiento, algo fundamental para los medios de subsistencia y la seguridad alimentaria. Sin embargo, los plaguicidas también pueden suponer un escollo comercial en las exportaciones agroalimentarias, en particular para los agricultores de países en desarrollo.
Cuando no se aplican correctamente, los plaguicidas pueden dejar residuos que exceden de los límites máximos de residuos (LMR), lo que culmina en el rechazo de las exportaciones, el deterioro del prestigio comercial y la disminución de los ingresos de los agricultores. Los bioplaguicidas pueden contribuir de manera importante a reducir los residuos y favorecer el cumplimiento de los LMR. Al obtenerse de fuentes naturales, no suelen dejar residuos y en ocasiones están exentos de las prescripciones sobre LMR en los países importadores. Aun así, a muchos agricultores les cuesta adoptarlos debido a la escasa sensibilización y a la falta de una reglamentación clara, aparte de su costo y disponibilidad en el mercado.
Para responder a estos retos, el Fondo para la Aplicación de Normas y el Fomento del Comercio (STDF) apoyó tres proyectos regionales en los que se estudiaron formas innovadoras, basadas en pruebas, de integrar los bioplaguicidas en los sistemas de producción existentes y de ayudar a los agricultores a cumplir los requisitos internacionales y obtener un acceso seguro a los mercados. En los proyectos, que se llevaron a cabo en África Meridional, Asia y América Latina, se probaron soluciones prácticas para armonizar las reglamentaciones sobre bioplaguicidas a nivel regional, que pusieron de manifiesto cómo los enfoques estratégicos innovadores pueden reportar beneficios comerciales considerables.
Innovaciones reglamentarias en África Meridional
En el proyecto de África, dirigido por el Centro Internacional de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIIGB), se probó una estrategia pragmática: aplicar plaguicidas convencionales al principio del período de crecimiento de los cultivos y sustituirlos por bioplaguicidas al final, cuando los residuos de las aplicaciones anteriores disminuyen de forma natural. Este enfoque resultó ser eficaz para mantener el control de plagas y reducir al mismo tiempo los niveles de residuos, ajustándose a las normas internacionales.
Los estudios sobre el terreno realizados en Kenya (que se sumó al proyecto) y Tanzanía aportaron las pruebas necesarias para evaluar los resultados y las posibilidades de ampliar la adopción. En los ensayos que se llevaron adelante en explotaciones productoras de mangos en Kenya se empleó el aceite de neem, un bioplaguicida obtenido de forma natural, en vez de aplicarse un tratamiento final con carbendazim, sustancia química muy utilizada en muchos países en desarrollo para luchar contra las enfermedades de los cultivos pero prohibida en la Unión Europea porque preocupan sus posibles riesgos para la salud de las personas y el medio ambiente.
Los resultados fueron sorprendentes: la aplicación del aceite de neem permitió controlar de forma eficaz las plagas que aparecen al final de la temporada, y dejó margen para que los residuos anteriores se redujeran antes de la exportación. En Tanzanía, los productores de aguacate utilizaron un agente de control biológico para combatir la falsa polilla de la manzana, en lugar de la metoxifenocida que se suele aplicar al final de la temporada, objeto también de vigilancia y límites de residuos estrictos en muchos países.
Estos ensayos sobre el terreno sentaron las bases del sistema de reducción de residuos mediante el uso de bioplaguicidas, un enfoque práctico y cómodo para los agricultores que contribuye a mantener el control de plagas, logrando al mismo tiempo que los residuos no superen los límites de seguridad. Aunque el empleo de bioplaguicidas no es un concepto nuevo, el aspecto innovador del proyecto residía en demostrar que esta combinación específica de métodos convencionales y biológicos podía funcionar en la práctica y que su uso podía extenderse a toda la región para facilitar el comercio.
Innovaciones reglamentarias para difundir su adopción
Fuera del terreno, el proyecto encaró los obstáculos reglamentarios que dificultan la adopción de bioplaguicidas. Se trabajó con seis países de la Comunidad de Desarrollo de África Meridional (SADC) a fin de elaborar directrices armonizadas para el registro de bioplaguicidas sobre la base de la aceptación recíproca de datos, una innovación que vela por la eficiencia y el ahorro de costos. Las Directrices Armonizadas para el Registro de Productos Bioplaguicidas y Agentes de Control Biológico en África Meridional fueron aprobadas luego por el Consejo de Ministros de la SADC, lo que amplió su aplicación a los 16 Estados miembros.
Los análisis de residuos confirmaron que optar por un producto de control biológico al final de la temporada reducía de forma considerable los residuos químicos, lo que permitía mejorar el cumplimiento de los LMR fijados por los mercados de importación, como la UE, los Estados Unidos y el Japón.
Ese resultado representó un avance importante para la cooperación en materia de reglamentación en la región, que creó un entorno más previsible para el sector y permitió el acceso de los agricultores a instrumentos de gestión de plagas aprobados y más seguros. También demostró que la innovación y la colaboración regional pueden transformar los testimonios científicos en cambios de política y marcos reglamentarios que faciliten el comercio seguro.
Los ensayos específicos sobre el terreno que se realizaron inicialmente en Kenya y Tanzanía dieron paso a un marco coordinado a nivel regional para gestionar las plagas de forma más segura y sostenible y facilitar el comercio. Al vincular las pruebas obtenidas en el terreno con la reforma de la reglamentación y la creación de capacidad, el proyecto pone de manifiesto que la innovación práctica basada en la colaboración puede transformar las prácticas agrícolas, reducir los riesgos comerciales y abrir nuevas vías para el comercio seguro.
Principales datos
- Los residuos de plaguicidas en mangos disminuyeron hasta un 50%, lo que permitió un cumplimiento más firme de las normas de exportación por parte los agricultores.
- La SADC adoptó directrices regionales armonizadas, que ya abarcan a los 16 Estados miembros.
- Los participantes suman más de 500, entre agricultores, científicos y organismos de reglamentación.
- El proyecto aportó datos sobre 166 bioplaguicidas registrados, que se pueden consultar en el Portal de Bioprotección del Centro Internacional para la Agricultura y las Ciencias Biológicas (CABI), donde los agricultores pueden acceder a información precisa.
- Se elaboraron hojas de ruta que contribuyen a la aplicación nacional de las reglamentaciones armonizadas.
- La adopción más amplia se ve respaldada por productos del conocimiento, entre ellos una guía de buenas prácticas agrícolas (BPA), un conjunto de instrumentos de gestión integrada de plagas y una guía sobre el sistema de reducción de residuos mediante el uso de bioplaguicidas.
- Los resultados fundamentan los esfuerzos desplegados por el Consejo Fitosanitario Interafricano (CFI) de la Unión Africana para elaborar guías continentales, en los que participan más de 20 países africanos y asociados.
Enseñanzas
- La gestión integrada de plagas fomenta la seguridad: la combinación de métodos de control convencionales y biológicos permite reducir los residuos, lo que redunda en sistemas alimentarios más seguros y en la facilitación del comercio.
- La creación de capacidad genera resultados perdurables: la formación impartida a expertos locales garantiza la adopción duradera de prácticas y reformas reglamentarias en materia de bioplaguicidas.
- La colaboración regional acelera los efectos: las directrices comunes y el reconocimiento mutuo de datos dan lugar a sistemas reglamentarios más eficientes y coherentes.
- Las pruebas impulsan las políticas: los resultados obtenidos en el terreno dotaron a los organismos de reglamentación de la confianza necesaria para actuar, lo que demuestra que la ciencia aplicada puede servir de fundamento para el cambio regional y continental.
- El intercambio de conocimientos favorece la adopción: instrumentos prácticos y el aprendizaje compartido contribuyeron a traducir los resultados técnicos en medidas a nivel de los agricultores.